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Browne

Calambres Exquisitos

Allí donde otros exponen su obra yo sólo pretendo mostrar mi espíritu. Vivir no es otra cosa que arder en preguntas. No concibo la obra al margen de la vida(Artaud)

sábado, 16 de junio de 2007

Monadas.

Fue una tarde noche de merienda cena (no veas tú la suerte, o mejor, la miras), el gran día que conocí la empatía, después: gastados por aquí todos los demás se afianzó esa sensación de que estoy hecho de cera.
Que cada aliento que nace de mi, espira para siempre, y cada célula de vida que siento, expira. Formas como las de cualquier otro, pasa todos los días, hasta por impares no he innovado en acabar. La vida, más que otra cosa, mata. Y engancha con cierto masoquismo y placer irremediable. Normal. Todas distintas, unidas por lo que les distancia, calcadas ante la incertidumbre, la del anciano y la del niño, ambos con la ternura de no saber bien a que se enfrentan. Usando días. Y así, también, me acostumbre a hacerlo.
Esa sensación de vela: la luz más brillante, la llama más baldía. Cada vez que toque un poco fondo. Que la soledad de mi hondo, se llenaba y decrecía el día y la noche olvidaba. Y era un poco yo, sin saber quien soy. Ese poco que no nos gusta ser, siéndolo tan menudo. Que seguramente somos como el que más de los pocos. Y la turbulencia de mis aguas, beodas, marejadas, deseara la llegada de una onda. Hundimiento con el capitán, mujeres y niños dentro. De la piedra al insondable y negruzco lago. Uno de esos en los que el tiempo juega con su eternidad a amargar sus aguas. Como el tuyo.
Y es en mi recuerdo, donde van trazando órbitas cada vez más amplias, más lejanas, menos mías. Como partículas de polvo que se posan.
Esa sensación que parece que nos deja, se marcha, se va. Nos deja a la espera, nos deja esperando que pase algo, lo que sea. Que no pasa. Esa espera engañándose de olvido.
Y de nuevo, el guijarro, el cambio que no llega. Mientras sólo queda en el sus aguas, allí junto cualquiera de los destellos que se reflejan, un molesto temblor, de ondas, que se alejan. Un vibrar que no hace más que recordar lo que cree que paso, no hace más que decir que tal vez no pase más o tal vez que si. Y es en mi recuerdo, donde van trazando órbitas cada vez más amplias, más lejanas, menos mías. Como partículas de polvo que se posan.
Pero que importa, no sabrá cuando, no sabrá porqué, no sabrá quién será, quién volverá a agitar sus amargas aguas. Sólo le quedará la espera, la espera de que vuelvan a hundirle algo dentro. Y que alguna vez, de tantas piedras se derrame el agua. Y que de esta forma no se consuma gota a gota de cera, la vela.

Debía ser una tarde de domingo, algo de aire del que confiere, al ambiente, una atmósfera de suceso importante. No recuerdo bien si era invierno, si que se nos ve, bastante abrigados. Seguramente sea raro por el momento en el que se produce. Más tarde, todo se hace estrategia y mecanismo, castillos de nata -sobre lo mismo- nidos de ratas. Nada tampoco, sería igual, seguramente, si no tuviera la foto.
Íbamos al circo. A ver a los leones y cerrar los ojos a los trapecios, más que nada, aunque nos hablaran mucho de los payasos, esas sonrisas ocultan algo, lo saben todos los niños.
Mis padres, mi hermana y yo (los primeros en llegar). Ambos, con no más de cinco años. Tras no sé cuanto tiempo de cola, conocimiento posterior el del tiempo, cosa de viejos, mucha emoción, y gente agolpada a la espera del espectáculo, o de la apertura de las taquillas. Se pensó: “Hay que dejar constancia del hecho”, vaya con lo cuántico ya actuaba. Nada mejor que una evocación gráfica (polaroid: cámaras instantáneas). Algo tan evocador, y con tantas posibilidades de provocar posteriores.
Mi madre es andaluza. Había también un chimpancé vestido de sevillana. Ni idea del sexo del esclavizado mono. Solo un vestido de lunares azules en fondo blanco, a conjunto con la peineta, sin embargo roja, y una sonrisa morruda en los dientes.
Y mírame bien, todavía no he podido extraviar el tacto de su rugosa, su peluda, mano. Tan de adulto. La mano que yo cogí, como cogen los playmoviles sus objetos, peor que esos amigos que estrechan la mano (seguro que por algún motivo), con las yemas de las fuerzas.
Tanta rugosidad y pelo, en un ser que parecía tan plano, tierno, cándido, joven. Produjo en mí, sin saber que era, el respeto hacía otro ser que siente. Quizá el animal pensará lo mismo, a saber que creía el simio. Por su parte, parecía conocer que debía estarse quieta, en espera del flash. Quién sabe el por qué, mira la cámara, como mi hermana mayor, directamente. Mientras mi asombro la mira a ella.
Jamás, completamente, será ni por asomo, igual a lo sucedido. Tan poco me pidáis nada sobre lo que ocurrió en el interior de la carpa, no me fueron nunca mucho los circos, y la memoria selecciona sus vistas y marca sus visos. No se puede tampoco hacer fotos a todo. Si tengo, la expresión de inocencia del bicho, y la mía, más embobado. Y ya esta, se apresuró en ir por más sorprendidos clientes, tendría también sus motivos. Y yo me quede perplejo, y asumí, “vaya”, ya sin fiarme de nada, esperando el siguiente exceso, el siguiente anómalo. Si esto es lo que me hace sentir un mono.
Y ante la multitud de extraños que no han cesado de pasarme, por delante, empleé esta estrategia de acongojada persona, reelaboradora.
Ésta incompetencia para las cosas obvias, reglamentadas, sistemáticas, fue de lo que se sirvió mi cobardía. Que ya no paró de tomar nota de su miedo.

La tortura de ver el encanto, ilusión y magia de una nueva vida abriéndose, como solo ella hará, a
La
Vida.
Y padecer lo temprano que ante el farol se envida. Esa maravilla de alumbrar, lo que mira, de un niño. Todos tenemos esta chispa, y putea mucho (en todo sentido), la ceguera que apaga toda luz entre nosotros. Sin cesar de admirar, boquiabiertos (sin moscas, al menos por aquí) la mayor podredumbre y miseria. Seres tan mediocres. Ruindad tan trabajada. Corceles de colores vendados hacía la plaza. Manejados igual que el rebaño a sacudidas de onda.
Lo que daría por abrazar hoy a esa mona. Por besarle y que me correspondiera. Decirle que lo siento. Que yo tampoco tenía ni idea. Y poco más, llorar cera. Igual va, y lloraba conmigo por simpatía. Abrazar a esa mona y decirle que a mí también me pasó, que también me pusieron máscara. Como la tuya. Y venga, a empezar a actuar, es esto una obra de ficción, esto un escenario. Desde la primera recreación del mamut cazado. Y ante la tribu hambrienta. Realizando el sueño soñado. Para que la caza vuelva.
Claro, cada uno entiende y siente las cosas de forma distinta. Y ya hace, y ya actúa, en consecuencia. Sin más protagonista que el que se cree visto. En el preciso lugar de la imagen, desde el otro. Desde entonces, no des la vuelta a las cartas, sin ver bien, pero bien, bien, la solapa.

La vida sí tiene sus verdades, aunque vallamos tras de algunas, gilipolleces. Y nos parezca estar fuera de la cerca (yo me rodee de ellas, fui hacia ellas). De vez en cuando (casi a cada momento), te aparece una verdad delante, apretando los dedos. Te pone en tu sitio mostrando tomarte en serio, sin aceptar ninguna excusa. Siempre te coges al caer, como si fuera más ligero el peso.
Lo tengo todo, no puedo quejarme. Una gran familia que siempre está ahí. Y no termina, nunca, de descubrirse, quedando yo siempre sin sombrero. La tengo a ella.
Como, varias veces al día. Algo no tan normal. Y hasta estoy empezando a ver en mí, ese bulto toráxico que rodea a los que llevan una dieta como la mía, y se dejan llevar por un sedentarismo no exento de una vaguedad, hastiada, de comportamiento. De no servir para nada. De desidia acompañada de excusas que dicen solo querer vivir.
Ese conjunto de brillos o manchas que salen, de entre esta opacidad laberíntica, con tantos ángulos y rincones, en perpetuo, en escarpado, movimiento.
Y mira que de niño correteas por la maravilla, con la vida de frente, para llevártela por delante, a saber, partiéndote el pecho, por cualquier cosa. Incrementas la carga (hasta el peso máximo garantizado), tropezando con los demás bagajes, para contemplarlo todo, desde el acantilado asomado. Yo no ceso de caer en el vértigo. No rompas la soga, arriba mío, arriba tuyo, el piano pendula esperando la nota.

Lo que daría por abrazar a tantos otros monos. Algo así, como llegar con los brazos más lejos. Están los documentales de la dos (los zoos ni nombrarlos, el de valencia: ni pensar en él), también, hay mares gráficos, otra vez la suerte, ya ves.
Perdóname otra vez, no quise tener más suerte que a ti de salero te han vestido. Cuanta fuerza tiene el instinto. Un animal, un buen perro, es capaz de destrozarse las pezuñas contra el asfalto, por enterrar algo.
Como el secreto mejor guardado, libertad de delirios y fascinaciones. Es, no poder vernos de afuera, más que con un espejo. Serán quienes miren, los que recelen de como se comporta, esa cosa que se mueve o piensa. Los demás, quienes resten, según sus ruinas, mirando las de uno, y dictaminen o reformen. Yo también sé sacar conejos de la chistera. Pero sólo, puedo mirar desde dentro e intentar mirar lo que sienten, otros dentros. Hasta llenar el estanque.
Ayer me volví a acordar (tan poco hay del simio al humano), de otra de las imágenes que se cosen a los ojos.
Tanzania, sueño de Darwin, niños a la gresca, uno llorando, graso error, aquí no se llora, cosas de la edad. Otro más grande sacude al presumible que narices, al desgraciado causante, enseguida sus amigos le defienden. El “agresor” es el más alto, el más consistente pero lo tiran. Le llueven por todos lados. Es por un mendrugo. A unos metros, un grupo de niñas novicias o ya monjas con un cura-almas detrás, todos con gafas. Cantan a saber que canción, y dos niños, los más pequeños de todos (con dos gorritas hace frío). Dos que miran, seguramente a la cámara, el más alto, más o menos por un dedo, toca el organillo.
Y estas cosas de la cabeza, ahora va y pienso, en una frase que oí: El mal prevalece cuando el hombre bueno no hace nada. Y como una vez por una comarcal rodeada de naranjos, (la recordé) y vi, por la parte trasera de dos señales indicativas, debían ser de sesenta, dos esvásticas pintadas. Luego, ipso facto, veloz en su BMW, un temerario infame. Otro nazi pasando a saber a hacer qué.

Nacerá un tiempo en el que no haya maldad, ni la nazca, ni fealdad, ni egoísmo. Que se hallará la forma. Y la luz acariciará los ojos sin cegarlos, y volveremos a ser la propia luz que lo ilumina todo. Como ahora pero como luz.
Lo que pensamos, nos oculta, tan bien escondidos, de lo que somos, que nos descubre otras muchas cosas. Grandes son la cantidad de totales por el paso, hay atrasos, así están las cosas. Tanta suerte de herradura marcando su vez cada plano, su plano, tanto gafe dando señales, equivocando. Y ni las dos de delante pisan fuerte, pisan lo necesario.
Sin poder nunca cuestionarnos lo que nos rodea, haciéndolo como lo hacemos todos los días. Nada es más cabal. Es necesario ser humilde, tanto como para notar la realidad sublime, y ver que somos, lo que ésta es en nosotros.
Y yo aquí, soltando, dejando libres, idioteces. Mientras se oyen los alaridos de los llantos de miles de niños, de miles de mujeres, de miles de hombres. No me digáis que no se escucha. Aquí, el trovador insolente, romancero quijotesco que como aquel perdiose el seño.
Llegará el día y se acabará la noche. El que dijo que sería fácil, es verdad, no hablaba de lo mismo.
Te acostumbras pronto, a la seguridad que da el menosprecio, que es por la falta. Yo preferí, intentar ser bueno y tener un perdón en la boca a punto y a tiempo, a ser un listo y me hice el tonto. Aunque fueran monadas. Y lo que creé, lo creí yo mismo. Tenía delante demasiada inconsistencia. Empezando por mí. Sin que acabe. Somos de plastelina. Peor que ese filósofo griego, siquiera sin baúl, no me tome en serio ni yo mismo. Trace una sonrisa pronto, calada sobre una honda y compartida pena, y no ha parado de afianzarse y crecer al unísono conmigo. Y ahí en alto la dejé, brillante, blanca, remendada a lo bandera, con lo ridículo que esto acaba resultando.
La cera se secará, se descompondrá también mi cara. El mal prevalece cuando el hombre bueno no hace nada, cuando todo lo hace la buena mujer.
Conozco bien la soledad de mi marcha, como la de cada uno ante todo. Con su frío, lo sé, atormenta el calor que me da la brillantez de mis momentos de lucha. Y Cercena la intensidad de los motivos. De mis soldados motivos. Pero sé que no soy el único que pasa frío, ni el único al que se le adhieren cosas. La vela flameará, no desesperes, sergio. Tu llama se apagará, también, sobre pólvora por las esquinas (como a ti te han hecho), como se inflama el suelo. Y un fuego de 4000 millones de grados, derretirá, evaporará toda solución, que sea otra, que la de todos. Deja ya de llorar, rasga y sigue. Todo lo que es soñar la sensación que se siente, es cesar la realidad que se presiente y esto no puede parar, por que a la luz que somos todos no hay Dios que la detenga. No pidas más perdón. No escuches ya más explicaciones.

3 Pulsaciones:

A las 16 de junio de 2007, 16:08 , Blogger sergio castillo pelegrín ha dicho...

Otra vez, lameto la extensión. Y me cago en diez no sé como coño se pone la foto, no me deja. Ya en mi bloog (dolmen de empatía)sólo he podido ponerlo en un lateral, y no con la entrada. Mierdas técnicas, mundo del tropezón cuántico, tonto de zancadillas que mepongo. Vale, me tranquilizo.

 
A las 16 de junio de 2007, 21:47 , Blogger Elena Areta ha dicho...

Increíble... empieza a analizar cada una de las frases de tu texto, ya verás ya verás...empieza por el tipo de relación, nexos y demás...jiji. ¡No veas qué trabajo! Menos mal que escribes palabras por los dos o por todos los que no escriben estos días...;)

 
A las 20 de junio de 2007, 23:31 , Blogger Angus ha dicho...

Buff. La extensión no importa Sergio. Me parece buenísimo, invita a la reflexión, Ahh el Sergio chiquitín de la foto sale también muy mono

 

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