mundo

te das cuenta. Continuamente excusas. Para esto,
para lo otro. Tenemos, por un lado esta
legión de individuos deprimidos, que caminan
casi sin peso, y dan rodeos para llegar a los sitios, se asustan
fácilmente y son reacios a utilizar el transporte
público
No quieren remediar su penumbra.
Es obvio
Hay otros tantos, también, muchos otros, incluso algunos de
aquellos, que cruzan la
calle con excesiva precaución,
viven continuamente angustiados.
Los miras, temible desde tu bicicleta
y en la oficina, a todas horas y por la ciudad, colmada de
fenómenos paranormales y cuchillos afilados a última
hora, distingues, en sus manos y en sus espaldas una escalada
de locura, un color amarillo, servidumbres añiles
y usufructos vitalicios y deudas que desean enfrentar
con dignidad,
en potencia a los mandos
de motos y furgones, funcionarios y dandis,
con vocación homicida.
A todos alcanza esa especie de epidemia
todavía a su pesar
eficaz, sumamente, como un póquer de ases
con el dorso marcado, y un quinto en la
manga
descolorida y hecha polvo
números rojos en la cuenta corriente y en
el alma
una tristeza definitiva y
auténtica
Cuántos de ellos los hay que sufren un acoso desconocido
contundente como vara de hiero forjado, y un péndulo que les
obliga a regresar al escarmiento, al florero roto, a la ceniza
y al pánico.
Se creen incapaces, nunca uno sabe qué decir exactamente
para hacerte entender sin tener que ofenderlos
con tu falta de delicadeza, prefieren no enfrentarse
se quedan en la cama, incluso a mediodía
cuando el sol está en lo alto y si tu chaqueta es
de pana, a ti te pica, siempre te pica, en el cuello sobre todo
y en la nuca, ese punzón de ira, ese monólogo
incansable, de luz y sudor, el desprenderse de una vez por todas
de la catástrofe masiva, guía tus actos, buscas
un cuento de hadas que te redima
mientras los ves, insisto, con su penosa calma
con su parálisis autocomplaciente
echando migas a las palomas en el parque
o planeando su suicidio indoloro conscientes de que nunca van a
tener cojones de apretar el gatillo, es más
a más de uno, si no aciertas
a articular las palabra exactas, le puedes ofender, se da por aludido, se pone a
la defensiva en el mejor de los casos, cuando no cree
y te acusa, encima, de estar conchabado con los verdugos
¿Qué verdugos? preguntas
y piensas en un
cóctel molotov o en el escudo
antimisiles
Pero lo peor
lo peor de todo, es que alzas la cabeza bien
alto y te empleas a fondo con las escaleras y con los
rodillos, haces de la fiebre, un manojo de nervios todas las
cosas tienen enchufes, y te entrevistas, con fuegos y árboles de sangre
sondeas sus carnes, moradas
y sus dientes leves, y cada vez que te sorprendes, deseando acabar
como uno de ellos cualquiera, aspirar a un sueño reparador, la conciencia dormitando sobre una acera cualquiera, en un esfuerzo por destripar
el olvido y alimentarte de lo que, la vida da cuando no cuesta mucho
o tanto sonreír y mierda
sabes, de algún modo sabes
que eso que les pasa
es lo que a ti también te ocurre y sientes que dios,
te debe cien pavos, que nada sirve en realidad, y que ellos
con sus ojos envenenados de fantasmas
también
ellos también
maldita sea
tienen razón
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