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Browne

Calambres Exquisitos

Allí donde otros exponen su obra yo sólo pretendo mostrar mi espíritu. Vivir no es otra cosa que arder en preguntas. No concibo la obra al margen de la vida(Artaud)

jueves, 6 de marzo de 2008

mundo


Todo son excusas. Si te fijas un poco, enseguida
te das cuenta. Continuamente excusas. Para esto,
para lo otro. Tenemos, por un lado esta
legión de individuos deprimidos, que caminan
casi sin peso, y dan rodeos para llegar a los sitios, se asustan
fácilmente y son reacios a utilizar el transporte
público

No quieren remediar su penumbra.
Es obvio

Hay otros tantos, también, muchos otros, incluso algunos de
aquellos, que cruzan la
calle con excesiva precaución,
viven continuamente angustiados.

Los miras, temible desde tu bicicleta
y en la oficina, a todas horas y por la ciudad, colmada de
fenómenos paranormales y cuchillos afilados a última
hora, distingues, en sus manos y en sus espaldas una escalada
de locura, un color amarillo, servidumbres añiles
y usufructos vitalicios y deudas que desean enfrentar
con dignidad,
en potencia a los mandos
de motos y furgones, funcionarios y dandis,
con vocación homicida.

A todos alcanza esa especie de epidemia
todavía a su pesar
eficaz, sumamente, como un póquer de ases
con el dorso marcado, y un quinto en la
manga
descolorida y hecha polvo

números rojos en la cuenta corriente y en
el alma
una tristeza definitiva y
auténtica

Cuántos de ellos los hay que sufren un acoso desconocido
contundente como vara de hiero forjado, y un péndulo que les
obliga a regresar al escarmiento, al florero roto, a la ceniza
y al pánico.

Se creen incapaces, nunca uno sabe qué decir exactamente
para hacerte entender sin tener que ofenderlos
con tu falta de delicadeza, prefieren no enfrentarse
se quedan en la cama, incluso a mediodía
cuando el sol está en lo alto y si tu chaqueta es
de pana, a ti te pica, siempre te pica, en el cuello sobre todo
y en la nuca, ese punzón de ira, ese monólogo
incansable, de luz y sudor, el desprenderse de una vez por todas
de la catástrofe masiva, guía tus actos, buscas
un cuento de hadas que te redima
mientras los ves, insisto, con su penosa calma
con su parálisis autocomplaciente
echando migas a las palomas en el parque
o planeando su suicidio indoloro conscientes de que nunca van a
tener cojones de apretar el gatillo, es más
a más de uno, si no aciertas
a articular las palabra exactas, le puedes ofender, se da por aludido, se pone a
la defensiva en el mejor de los casos, cuando no cree
y te acusa, encima, de estar conchabado con los verdugos
¿Qué verdugos? preguntas
y piensas en un
cóctel molotov o en el escudo
antimisiles

Pero lo peor
lo peor de todo, es que alzas la cabeza bien
alto y te empleas a fondo con las escaleras y con los
rodillos, haces de la fiebre, un manojo de nervios todas las
cosas tienen enchufes, y te entrevistas, con fuegos y árboles de sangre
sondeas sus carnes, moradas
y sus dientes leves, y cada vez que te sorprendes, deseando acabar
como uno de ellos cualquiera, aspirar a un sueño reparador, la conciencia dormitando sobre una acera cualquiera, en un esfuerzo por destripar
el olvido y alimentarte de lo que, la vida da cuando no cuesta mucho
o tanto sonreír y mierda
sabes, de algún modo sabes
que eso que les pasa
es lo que a ti también te ocurre y sientes que dios,
te debe cien pavos, que nada sirve en realidad, y que ellos
con sus ojos envenenados de fantasmas
también
ellos también
maldita sea
tienen razón

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martes, 19 de febrero de 2008

Científico panameño logra aislar la molécula del arroz al horno

Uno o varios síntomas (el sujeto se identifica mediante siglas) y ya está lista la empanada. Para un neurótico puede ser importante planificar su día a día, ha de decidir con qué orden ejecuta las tareas, a la vez ridículas e imprescindibles de su vida cotidiana, no para corregir su trastorno, tal vez para sobrellevarlo. Si programa varias (sabe de antemano que podrá llevarlas a cabo) aunque si son pocas, cierta insatisfacción se apoderará de él al completarlas, y deberá idear nuevas excusas para no perpetrar un sinsentido tal, como domesticar un mosquito o lamer resina. Parte de la dificultad radica, precisamente, en decidir qué tiene sentido y qué, por el contrario es una chorrada, mal vista y, en ocasiones, socialmente reprochable, es decir, una pérdida de tiempo. Nota: esta cuestión exige un desarrollo profundo que no nos concierne ahora. El sujeto Y, por ejemplo detesta la música clásica, por eso esquivará amablemente toda invitación a la opera y, en el peor de los casos, estará tentado más por la autolisis que por el Rigoletto, ahora bien, pese a que Y, pueda ser y comportarse como un misántropo recalcitrante, lo cierto es que, férreas y casi invencibles convenciones podrán hacer de él (si no logra poner remedio antes) un infeliz y reprimido de imprevisibles consecuencias. No son infrecuentes las neurosis entre los escritores. Muy al contrario muchos de ellos han acabado sus días balbuceando en la barra de un bar, absorbidos por la composición de himnos autocompasivos y la adicción a la estricnina a tiempo completo. O decorando palacios de madera para aves marinas en peligro de extinción. Otros van a dormir al manicomio. Alguno incluso ha llegado a ser juzgado por atentar contra la moral y el orden público. El genio es prolífico, el neurótico también. No le queda otra. O sí pero no hay miel en todos los panales. De momento no hay subsidio ni sindicato. Antes se te podía aplicar la Ley de vagos y maleantes; aún hoy tiende a identificarse al poeta con una de las categorías anteriores, cuando no las dos, (junto a la desviación, depravación y obsesión sexual que toque), evidentemente. Yo prefiero pensar que el que no tiene algo en el coco es porque i) es un memo, ii) está muerto. Aunque de soberbia ha pecado más de uno y ha perdido sus fichas en el Casino Royal (donde las cartas se marcan, no con talco, no) y para crímenes discretos ya tenemos el cianuro oiga. Y el desierto de Nevada. No hay censo, ni recetas curativas, siquiera paliativas, toca apechugar, vivir bien, mal, como se pueda, amasar fortuna, a ser posible sin demasiado esfuerzo. Son muchas las dificultades y pocas las ayudas que otorga la Seguridad Social. De momento quedémonos con esta cita genial del mayor de los escritores desde Charles Bukowski, o sea Charles Bukowski: “ Repetí la frase

y serví más wisky”

Salut

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martes, 2 de octubre de 2007

Round click

No se cuando empezaron mis problemas
con el resto
de
la humanidad.
Pronto

probablemente

Después de todo logré
(por un tiempo)
pasar
desapercibido,
mantenía
escondido un conejo bizco y
borracho en la chistera -es
mi mascota, -decía, si
alguien
preguntaba

y deambulaba, no se por qué
por la
ciudad buscando qué se yo qué
el relleno que ceba
la noche, esa carcoma
colosal,
tal vez

Sabía que si ponía más atención
tendría confinados todos
los signos (o los
más importantes) en el
interior de mi gabardina pero
claro
como agitaba
lo qué supe sería
toda salvación
yo ya no pude
mirar
hacía atrás

sólo el sobresalto
o la hostilidad

y después
los pasillos demasiado estrechos
los que memoricé para no tropezar
en ellos de nuevo
me disuaden, casi

Pero
estaban, claro también
los libros
que corrieron la
suerte de los trapos
húmedos
las noches, malgastadas sin
ingenio
y la alegría un tanto
tenue
del coñac olvidadizo

Al final cambiaron las preguntas
cuando alcancé
las putas
respuestas

Lucecitas en la autopista
facturas
crujidos, bocinas
cánceres y cuentas
corrientes

Un vaivén continuo
como la sucesión de
días
y tardes
y noches
y los
pequeños detalles
acabaron por distanciarme
más y más
de la realidad

Se diría de mi que si
estaba loco o borracho
que si esto
o lo otro
pero eso
como todo
admite varias ( y variadas)
interpretaciones y no pude entonces
no pienso ahora
no puedo
dar
ya
más explicaciones
¿me entendéis?

Estoy harto de darlas

en serio
las pida quien las pida dios,
o el diablo
o
incluso

la república
que
estos
representan

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jueves, 27 de septiembre de 2007

Million Dollar fat guy

Empieza a sermonearme: mira, chaval, en la vida..., dice algo así como que los tipos duros están mal vistos. No puedo más y estallo de cólera. No se bien qué me ocurre, mascullo algo así como un: hasta aquí hemos llegado, le obligo a dirigirse hacía el pasillo, lo cruzamos, nos quedamos en la puerta de la que parece el dormitorio principal, de espaldas a él, me quito la chaqueta, la tiro al suelo, me arremango, le grito, pégame, y cierro los ojos. Hace ademán pero no golpea, alega que podría hacerlo pero no lo hace. Me quito aún más ropa y adopto una postura que he visto en algún combate televisivo, con los pies dibujando un ángulo recto, para aumentar el punto de apoyo, con la mano izquierda un poco más adelantada. Siento algo de temor, es más grande y corpulento, y mucho más fuerte, siempre lo ha sido. Pienso en lo bien que lucirán las cicatrices en mi cara y en que no me irá mal pelear un poco, eso me anima, se pone entonces, también él, en guardia. Descubro que goza de cierta técnica, se mueve como los púgiles de la tele. Me fijo en como pone él las manos e intento imitarle, logro golpearle, poco y mal. Empieza a darme de lo lindo pero en vez de arrellanarme me envalentono, no siento ya miedo, sólo una especie de frenesí sonámbulo, golpeo con los ojos cerrados, ver que acierto algún golpe me alienta aún más, le golpeo con todas mis fuerzas, parece, de repente haber aumentado de tamaño, me apoyo contra su pecho y golpeo una y otra vez contra su cuello, cara y barbilla. Cada vez parece más fatigado, mis golpes no son limpios pero parecen hacerle mella. Sigo insistentemente, noto como me zumban los oídos, de repente cae al suelo, me tiemblan las manos, ella llora, hasta ese momento que no escuchaba sus gritos, él no está inconsciente, está confuso, eso sí, le suelto un par de patadas, la última, y otra más, paso por encima de él y recojo mi camisa, mi chaqueta, despacio mientras ella sigue llorando, voy hacía la puerta sin mirar hacía atrás, el llanto se oye cada vez más débil hasta que se convierte en apenas un murmullo seco. Cierro la puerta tras de mí. Me palpo la cara. Las heridas no parecen más que arañazos. El corazón me sigue latiendo rápido. Camino por la calle con la cabeza agachada. Hasta que no entro en el coche no logro calmarme. Pongo la radio, una emisora al azar. La canción me suena pero no la reconozco. Siento un súbito subidón de adrenalina. Salgo a la avenida y pongo el coche a cien. Veo de lejos un coche de la policía local y aminoro justo a tiempo. Una vez veo el coche por el retrovisor, a una distancia prudente, vuelvo a acelerar. Sólo quiero irme de allí. Lo más rápido que pueda. Una gota me cae, lenta, por el rostro. No se si es sudor, o sangre o una lágrima. Reconozco al fin la canción. Subo el volumen. Acelero.

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han venido